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7 de julio de 2016

Guerra de cajeros automáticos


En varias oportunidades hemos hecho referencia a las siete plagas de Egipto que han caído – como una maldición bíblica – sobre nuestro país y que tienen como objetivo destruir y acabar con la Revolución Bolivariana.
Desde la guerra sin cuartel que hoy es denominada “guerra de quinta generación”, hasta la guerra económica que tiene su mayor expresión en los bachaqueros – en todos los niveles – se han lanzado con furia no sólo contra el Gobierno del Presidente Maduro, sino en especial contra el pueblo venezolano.
La experiencia exitosa que tiene en su haber la derecha, ante la caída del gobierno del presidente chileno Salvador Allende, con la aplicación del “Manual del Perfecto Golpe Latinoamericano”, ha sido reactivada también en la Patria de Bolívar pero se ha estrellado contra un muro impenetrable y todo, muy a pesar del acoso por hambre al cual ha sido sometido el “bravo pueblo que el yugo lanzó”.
Paralelamente a la desaparición de alimentos, baja producción, contrabando, acaparamiento, especulación y escasez de productos de la dieta básica, lo cual se retrata todos los días en las largas colas por las calles y avenidas de los pueblos y ciudades del país, ahora debemos agregar las nuevas colas que se hacen frente a las edificaciones bancarias públicas y privadas.
De una manera planificada, el servicio que es muy utilizado por los clientes y usuarios de los bancos a través de los cajeros automáticos, ahora les hace pagar su viacrucis, especialmente durante los fines de semana y los días feriados, frente a los citados dispositivos bancarios.
Los cajeros automáticos que alivian a una alta población venezolana (el pueblo llano), la cual recurre a dicho servicio para obtener liquidez en un momento cuando la inflación se traga el papel moneda de los usuarios y el pueblo pasa los peores momentos, la banca provoca el caos por la reducción y la falla de dichos servicios.
Adicionalmente, las instituciones bancarias no le paga a los usuarios la gasolina que gasta recorriendo en sus vehículos las ciudades y poblaciones en busca de un cajero automático que sirva (sobre todo los fines de semana) y mucho menos reconoce a los peatones, la suela gastada de sus zapatos al andar en el carro de Fernando (un rato a pie y otro caminando) detrás de un cajero.
El venezolano quien se había acostumbrado a la tecnología, la cual le ahorra a las entidades bancarias el pago de más empleados; ahora se tiene que calar largas colas para retirar sus pocos ahorros – limitados por cierto – y además, como un corralito, tiene que soportar frente a un cajero automático; porque donde existen varios equipos, la mayoría tiene en sus pantallas el letrero: “Está fuera de servicio”.
Esta tortura para quienes disponemos de pocos ingresos, en la mayoría de los casos en nóminas de las empresas públicas o privadas, sólo sirven para impulsar el enriquecimiento de quienes juegan con el dinero de los venezolanos.
A esto se suma – de una manera descarada – en todos los rincones del país, por intrusiones precisas de los gerentes y funcionarios de los bancos, quienes programan dichos cajeros; esta vez no para que funcionen a perfección, sino para que fallen y de vaina quede un equipo bueno, dispensando cantidades limitadas de dinero a quienes usamos el servicio, el cual además no es gratis.